TÚ NO ERES LA NOTA QUE ESTÁ SONANDO
La metáfora del piano para comprender nuestras emociones
El piano y las notas
Hay momentos en los que una emoción parece ocuparlo todo. Sentimos miedo y creemos que somos miedo. Aparece la tristeza y parece que no existe nada más. Nos invade la ira y reaccionamos como si esa emoción definiera quiénes somos.
Imagina que tú eres un piano. Un piano puede producir una enorme variedad de sonidos: notas graves, agudas, melodías delicadas o acordes intensos. Sin embargo, independientemente de la
música que esté sonando, el piano nunca se convierte en una de sus notas.
Podemos utilizar esta imagen para comprender nuestra experiencia emocional. Nosotros somos el piano y las emociones son las notas que resuenan en él. Cuando aparece una emoción, nuestro
organismo responde: presión en el pecho, un nudo en el estómago, tensión, calor, vacío o aceleración del corazón. Nuestro piano está vibrando. Pero nosotros no somos la nota que está
sonando.
De «soy» a «estoy sintiendo»
Existe una diferencia profunda entre decir «soy miedo» y reconocer «estoy sintiendo miedo». La primera expresión convierte la emoción en identidad; la segunda reconoce una experiencia que
está ocurriendo en nosotros.
Podemos empezar a decir: «Hay miedo en mí en este momento», «estoy experimentando tristeza» o «hay ira pasando por mí». La emoción puede estar presente sin definir la totalidad de quienes somos.
El pensamiento es la partitura
Imaginemos ahora que colocamos una partitura delante del piano. La partitura representa nuestros pensamientos, interpretaciones y creencias.
Enviamos un mensaje a alguien importante y no responde. El hecho es simplemente que todavía no
ha respondido. Pero nuestra mente puede interpretar: «Ya no le importo». Entonces el piano toca una nota: miedo. Aparece otro pensamiento: «Seguro que pasa algo». Y vuelve a sonar. Después: «Siempre me ocurre lo mismo».
Así puede aparecer un circuito: pensamiento ® emoción ® sensación corporal ® nuevo pensamiento ® mayor intensidad emocional. Esto no significa que todas las emociones sean
producidas únicamente por pensamientos; emociones, cuerpo, contexto, memoria y aprendizaje se influyen mutuamente. Pero observar este circuito puede ayudarnos a descubrir cómo mantenemos determinadas experiencias.
¿Quién escribió nuestra partitura?
Una parte importante de nuestra partitura comenzó a escribirse durante nuestros primeros aprendizajes. En la infancia aprendemos qué significa ser querido, qué ocurre cuando nos
equivocamos, cómo recibimos atención, qué emociones podemos expresar y cuáles tendemos a
esconder.
Un niño que recibe reconocimiento principalmente por sus resultados puede interpretar: «Para que me quieran tengo que hacerlo bien». Otro puede aprender: «No debo molestar», «no puedo
confiar», «tengo que controlarlo todo» o «no soy suficiente».
Estas conclusiones no tienen por qué haber sido expresadas explícitamente por nuestros padres.
Son interpretaciones construidas a partir de múltiples experiencias y posteriormente modificadas por relaciones, cultura y acontecimientos vitales. Poco a poco escribimos nuestra particular partitura interior.
El pequeño yo
Con los años podemos olvidar que muchas de esas interpretaciones fueron aprendidas. Dejamos de pensar «he aprendido que necesito hacerlo perfecto para sentirme seguro» y comenzamos a afirmar «yo soy perfeccionista».
Podemos llamar pequeño yo a esa identidad construida a partir de nuestra historia, creencias y estrategias aprendidas. No necesitamos convertirla en enemiga: muchas de esas respuestas
tuvieron una función adaptativa. La dificultad aparece cuando una partitura escrita para otro momento continúa interpretando automáticamente la música del presente.
Escuchar sin convertirnos en la música
Cuando aparece una emoción intensa podemos detenernos y observar: ¿qué estoy sintiendo?, ¿dónde lo siento en el cuerpo?, ¿qué pensamiento acompaña esta emoción?, ¿reconozco esta
partitura?
Después podemos llevar la atención al cuerpo y respirar. No para expulsar la emoción ni obligarla a desaparecer, sino para permanecer presentes mientras la experimentamos. Así creamos un
pequeño espacio entre lo que experimentamos y quienes creemos ser.
Dejar ir
Desde el marco del dejar ir inspirado en David R. Hawkins, luchar constantemente contra una emoción puede convertirse en otra forma de permanecer atrapados en ella. Aceptar no significa
resignarnos ni aprobar aquello que nos ha sucedido. Significa comenzar reconociendo: «Esto es lo que estoy sintiendo ahora».
Respiramos. Observamos. Permitimos. Algunas emociones disminuyen, otras cambian y algunas permanecen durante más tiempo. El objetivo no consiste en conseguir que nuestro piano interprete únicamente melodías agradables. Vivir conscientemente no significa dejar de sentir; significa
aprender a relacionarnos de otra manera con aquello que sentimos.
¿Quién escucha el piano?
Si nuestro cuerpo es el piano, nuestras emociones son las notas, nuestros pensamientos forman parte de la partitura y muchas páginas fueron escritas mediante nuestros aprendizajes, aparece
una última pregunta: ¿quién escucha la música?
Existe en nosotros la capacidad de observar que estamos pensando, reconocer que estamos sintiendo y detenernos antes de reaccionar automáticamente. Podemos llamarlo conciencia.
Quizá no podamos elegir todas las notas que la vida hará sonar ni borrar nuestra historia. Pero podemos aprender a reconocer nuestra partitura y dejar de tocar inconscientemente, una y otra
vez, las mismas páginas.
«Tú no eres la nota que está sonando. Eres el piano capaz de experimentar toda la música de la vida y la conciencia capaz de escucharla.»
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